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  • David M Law

La Primavera de Praga, medio siglo después



Foto del periódico ruso Kommersant en el quincuagésimo aniversario de la invasión a Checoslovaquia por el Pacto de Varsovia.

(este blog fue publicado en la Página Web: https://cdainstitute.ca el 23 de agosto de 2018.)

Durante cuatro meses en 1968, fui un pasante en Praga, la capital de la antigua Checoslovaquia, una ciudad de increíble belleza y gracia, a pesar del peso insoportable de veinte años de gobierno comunista.

En teoría, cada día tenía que ir a mi lugar de trabajo – un Instituto de investigación ligado a la industria química – y contribuir en el desarrollo del debate sobre cómo traducir las reformas económicas propuestas por un economista orientado al mercado, con el nombre de Ota Šik, en una efectiva toma de decisiones para lo que era un sector muy importante de la economía del país.

En la práctica, pasé la mayor parte de mi tiempo asimilando lo que políticamente se convertiría en lo que se conoció como la Primavera de Praga. Fui a mítines. Entablé conversaciones con checos y eslovacos cada vez que se presentaba una ocasión. Traté de abrirme paso en el periódico Rudé Právo del Partido Comunista.

Fue una época electrizante, llena de esperanza de que los días sombríos y opresivos del régimen comunista estuvieran contados y de que, de la Primavera, naciera una realidad nueva y mejor.

No fue así. El 20 de agosto de 1968, las fuerzas del Pacto de Varsovia dirigidas por los de la Unión Soviética ocuparon Praga y otras ciudades clave. Como consecuencia de la invasión, el debate democrático en el país iba a morir por segunda vez en dos décadas.

Recuerdo muy bien el 20 de agosto de 1968. Estaba en el aeropuerto esperando que mi hermano llegara desde el Reino Unido cuando, alrededor de las nueve de la noche, los paneles de la pantalla de arribo se quedaron en blanco. Todo lo que el personal del aeropuerto podía decirme era que los vuelos a Praga habían sido cancelados.

Regresé a la residencia universitaria donde me alojaba y me fui a la cama. Alrededor de la medianoche, un compañero de cuarto me despertó gritando “los rusos están llegando, los rusos están llegando”. (No lo estoy inventando.) Desde la ventana del dormitorio, miré hacia la calle llena de tanques, no solo de los soviéticos, sino de todos los demás países comunistas de la organización del Pacto de Varsovia, excepto Rumanía, que en ese momento estaba tratando de perfilarse como un miembro disidente del bloque.

Más tarde esa noche, crucé Praga a pie, tratando de mantenerme alejado de los invasores y sus máquinas de guerra, decidido a visitar a una familia checa que me había adoptado poco después de mi llegada. Llamé a su puerta a eso de las tres de la mañana. Hanka, su hermano Jiri, y sus padres estaban despiertos, todos pegados a la BBC. Un mes después, Hanka y yo terminaríamos en Múnich juntos, con un sinnúmero de checos y eslovacos, pero esa es otra historia. En total, unos 300.000 checos y eslovacos huyeron de su país a raíz de la invasión.

Esta experiencia me ha dejado una serie de lecciones.

Una es que las revoluciones llevan tiempo. Los checos y los eslovacos tendrían que esperar otros veinte años antes de que se concretaran las aspiraciones de la Primavera de Praga. Y habría llevado más tiempo si Washington no hubiera decidido redoblar sus esfuerzos en la década de 1980 para contener a Moscú. Sí, el barco soviético se estaba hundiendo, pero fue la contención lo que selló su desaparición. Pero incluso ahora, el presidente checo, Milos Zeman, junto con el primer ministro húngaro Víctor Urban, cuyo país también fue invadido por las fuerzas del Pacto de Varsovia en 1956, son dos de los amigos más acérrimos de Vladimir Putin, en Europa del Este. Me gustaría ver sus cuentas bancarias. Y las destinas de Venezuela, Cuba y Nicaragua seguirán un patron similar.

Entonces, los proponentes de la Primavera Árabe de 2011, por trágico que haya sido su resultado, aún pueden tener esperanza. Dentro de una generación, poco más o menos, habrá otro renacimiento democrático en su espacio geopolítico. Dicho esto, su suerte dependerá en gran medida de la postura que el mundo adopte en torno a esto, en particular, la de Occidente.

Un segundo punto es que, con mucha frecuencia, lo que parece ser, no es tal. Así, del 29 de julio al 1º de agosto de 1968, el líder comunista checoslovaco Alexander Dubček y su homólogo soviético Leonid Brezhnev se encontraron en Čierna nad Tisou, una pequeña ciudad de Eslovaquia. La reunión suscitó la esperanza de que la Primavera de Praga pudiera seguir su curso. Tres semanas después, unos 250.000 soldados del Pacto de Varsovia fueron movilizados (aparentemente, la mayoría de ellos sin saber hacia dónde o por qué).

En retrospectiva, tiendo a pensar que la reunión en Eslovaquia se centró no en la cuestión de la invasión sino en el cómo. Dubček era un héroe en su país, y sigue siéndolo. Fue identificado con el lema “Socialismo con rostro humano”. Llegó al poder en enero de 1968 cuando Checoslovaquia estaba lista para el cambio.

Supongo, sin embargo, que Dubček considerara como papel principal “el tratar de controlar este proceso en interés del Partido”, más que abogar por un camino hacia un sistema democrático. En esto, no fue diferente a Mijaíl Gorbachov, el último Secretario General de la Unión Soviética, que quería transformar el sistema comunista imperante, no destruirlo.

Mi tercera inferencia es que uno necesita conocer su pasado si procura ser capaz de salir adelante en su presente, y tanto más en su futuro. Entonces, según una encuesta realizada por Levada, una agencia encuestadora rusa relativamente independiente, en la víspera del quincuagésimo aniversario de la invasión de Checoslovaquia, aproximadamente un cincuenta por ciento de los rusos encuestados no sabía lo que había sucedido en 1968. Este no es un número que inspire confianza.

Agosto, dicho sea de paso, es el mes favorito para las invasiones y otras trampas geopolíticas. Cuando los gobiernos democráticos están de vacaciones, los autoritarios aprovechan. Así, el intento de golpe de Estado contra el primer líder democrático de Rusia, Boris Yeltsin, tuvo lugar en agosto de 1991. La guerra ruso-georgiana de 2008 comenzó en agosto de ese año. La Primera Guerra Mundial se puso en marcha en serio en el mismo mes de 1918. Hay muchos otros ejemplos.

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